Corría por sus venas la historia de la realeza europea. Cayetana Fitz-James Stuart, la duquesa de Alba, transitó por la vida con el espíritu de los personajes de ficción. Excéntrica y rebelde, poseedora de una fortuna inverosímil y de más títulos nobiliarios que nadie en el mundo, construyó su leyenda a la vista de la sociedad española, que durante décadas la contó entre sus figuras a la vez más populares y enigmáticas.

Su muerte, a los 88 años, movilizó ayer a España con el impacto de los finales épicos. Miles de vecinos se agolparon a las afueras del Ayuntamiento de Sevilla para entrar a la capilla ardiente de la aristócrata de la melena blanca enrulada. Muchos de ellos habían pasado horas de angustia a las puertas del Palacio de Dueñas, donde la duquesa agonizaba desde el martes a la noche.

Deja a sus herederos un patrimonio valuado por la revista Forbes en alrededor de 2500 millones de euros, que incluye nueve palacios, 20 castillos, 50 fincas rústicas, 34.000 hectáreas de tierras productivas y una de las colecciones privadas de arte más ricas del mundo, repleta de tesoros de precio incalculable.

Su hijo mayor, Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo (de 66 años), es el nuevo duque, jefe de la casa de Alba y administrador del patrimonio histórico a su cargo. Los 47 títulos de nobleza, que la emparientan de alguna manera con la mayoría de las casas reales de Europa, serán repartidos entre su descendencia.

La muerte de Cayetana se certificó ayer, a las 9.45. El primero en saberlo fuera de la familia fue el rey Felipe VI, a quien llamó el heredero. La casa de Alba siempre tuvo una relación privilegiada con la corona española y la duquesa mantuvo una profunda amistad con Juan Carlos de Borbón desde hace más de 60 años.

A esas horas, con las calles aledañas al palacio llenas de curiosos a la espera de novedades, se vivían momentos de dramatismo alrededor del lecho mortal. “¡Qué va a ser de mí!, ¡qué va a ser de mí!”, gritaba Alfonso Diez, el tercer esposo de la duquesa de Alba, según relató el párroco de la familia.

Diez fue el centro de una gran polémica cuando, hace tres años, Cayetana decidió casarse con él, un hombre 24 años menor, funcionario público que ganaba un sueldo de 1500 euros al mes. En un intento de demostrar que no era un “interesado”, aceptó firmar ante escribano público que renunciaba a todos los derechos de usufructo de los títulos nobiliarios de su esposa.

Al mismo tiempo, la duquesa anticipó el reparto desigual de gran parte de su herencia entre sus seis hijos, en un proceso no exento de tensiones.

El romance otoñal -después de haber enviudado dos veces- realzó el magnetismo de la duquesa en la prensa del corazón, siempre ávida de conseguir el último cotilleo sobre los celos en la familia y las fotos desinhibidas de la duquesa en bikini en alguna playa paradisíaca del Mediterráneo.

Así como se mostraba a la luz pública en escenas cotidianas, Cayetana Fitz-James vivía en palacios, recorría los salones majestuosos de la aristocracia mundial y tejía relaciones con grandes personalidades.

La duquesa de Alba había nacido el 28 de marzo de 1926 en el Palacio de Liria, la deslumbrante residencia familiar en Madrid. Atendió el parto Gregorio Marañón, uno de los médicos más célebres de la historia de España. Su padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, esperaba las noticias acompañado por su amigo José Ortega y Gasset.

A lo largo de su vida atesoró un patrimonio que incluye obras maestras de Goya, Murillo, Tiziano, Rubens, Fra Angélico y Renoir, el testamento de Fernando el Católico, la primera edición del Quijote y cartas manuscritas de Cristóbal Colón.

Desde hace años su residencia favorita era el Palacio de Dueñas, en Sevilla. Muy débil, allí pasó sus últimos meses, disfrutando de viejos clásicos del cine en una pantalla que hizo instalar su esposo. Tras una breve internación, el martes la trasladaron a su casa, a esperar la muerte rodeada de su familia y de sus tesoros.